viernes, 16 de noviembre de 2012

Mientras sueña con la presidencia, Macri hace malabares en la boca del subte

Todos sabemos que Mauricio Macri es un “ganador”, desde su cuna, desde su nacimiento en el seno de una de las familias más ricas del país. Es alguien no muy acostumbrado a experimentar la frustración y, por ende, poco afecto a exponerse a la derrota. Así fue que, aconsejado por sus encuestadores, decidió tanto en 2007 como en 2011 “bajarse” de su candidatura a la Presidencia después de haber prometido convertirse en el candidato que vencería la dominancia kirchnerista. Y se “bajó” porque “no le daban los números”, los votos. Y se vio obligado, a disgusto, a conformarse con su cargo de “intendente” de la ciudad más rica del país, la Capital Federal.
Entre tantas otras cuestiones irresueltas (vivienda social, salud y educación públicas, cumplimiento de la ley “basura cero”, inundaciones), Mauricio decidió postergar sin fecha la hora de asumir una cuestión decisiva: ¿qué hacer con los subtes? Su política fue, hasta el presente, patear hacia adelante la responsabilidad de gestionar un servicio público decisivo para los porteños. Tal como lo sintetizó Werner Pertot: “A fines de 2011, Cristina Fernández de Kirchner anunció que iba a traspasar la red de subterráneos, a lo que Macri respondió que necesitaban tiempo. En enero firmaron un acta-acuerdo por la que se transfirieron la potestad de fiscalización y control y la tarifaria. Macri la aplicó para subir el precio del pasaje de 1,10 a 2,50. Tras la tragedia de Once, en la que murieron 51 personas, rechazó el traspaso y los dos gobiernos se cruzaron denuncias judiciales. En agosto, el conflicto se trasladó a las paritarias y la disputa llevó al paro más largo en la historia del subte porteño.”
Súbitamente, para sorpresa de ajenos y aún de su propia tropa, especialmente de sus diputados en la Legislatura porteña, Macri decidió anunciar el pasado martes 13 que aceptaba el traspaso, anuncio que condimentó con fuertes críticas al gobierno nacional, tal cual es su estilo, al tiempo que saliéndose del libreto, señaló: A pesar de que seguramente esta decisión tenga costos políticos, he decidido que debemos iniciar el proceso de volver a hacernos cargo de la operación del subte para lo cual en los próximos días estaré enviando una ley a la Legislatura”, dijo Macri en rueda de prensa.
Respecto del “costo político”, es obvio que se refiere al fracaso de su “estrategia”, dictada por sus asesores de la “línea dura”, que lo condujo a repudiar a través de una conferencia de prensa el acta firmada en enero y, de allí en más, insistir en la negación de su obvia responsabilidad en este asunto. Desde el diario “La Nación” fueron inclementes: “El anuncio sobre el traspaso de la red de subterráneos de la Nación a la Ciudad careció de acuerdo previo con el Gobierno, y pocas certezas hay detrás del impactante anuncio de asumir en enero próximo sin tener aún asegurados los fondos para solventar tamaño compromiso. Para colmo, se anunció el traspaso a través de un proyecto de ley aún en redacción y sin los votos necesarios para aprobarlo en la Legislatura porteña.” Así de improvisado.
De ese modo lo leyó Gustavo Sylvestre: “Ahora, la realidad, las necesidades políticas y el compromiso que había asumido en su momento lo acorralaron para que tome la decisión anunciada ayer. El traspaso se hará por una ley de la legislatura que será elaborada contra reloj, lo que demuestra la urgencia política de Macri de mostrarse como que se hace cargo de algo, y que necesitará del voto de 31 legisladores porteños. Ayer lo traicionó el subconsciente y dijo, “nos vamos a volver a hacer cargo de los subtes”. En realidad, la ciudad ya se había hecho cargo.”
Digamos, la decisión tardía de Macri difícilmente pueda ser asociada a una opción política “ganadora” sino, en el mejor de los casos, a un resignado intento de escapar hacia adelante. Así lo escribe  Eduardo Van Der Kooy, desde “Clarín”: “Macri requerirá de la mitad más uno de los votos de la Legislatura para sancionar su proyecto. A los propios deberá añadirle socios circunstanciales. Después vendrá el dilema sobre las tarifas, los fondos que el kirchnerismo dejará de aportar y la seguridad, a raíz del retiro de la Policía Federal a partir de enero. También, el nuevo trato directo con los sindicatos del sector, que no suelen ser fáciles de domar. Y la inversión imprescindible en un sistema de transporte envejecido y peligroso. Macri asume ahora, de verdad, más riesgos que otra cosa. Pero tampoco había cosechado demasiado rédito político especulando o resistiendo. ¿Para qué seguir así?
Hasta el irrisorio Luis Majul le toma examen a Macri, desde “La Nación”: “El desafío de gestionar un servicio de subtes mejor es una buena prueba piloto para pensar si Macri está preparado para asumir la presidencia de la Nación. Salir airoso frente al acoso de los metrodelegados, el sindicato, las empresas y el gobierno nacional será una verdadera epopeya. La apuesta podría hacerlo más fuerte o lo podría dejar sin candidatura presidencial. Lo que parece que Macri empezó a tener más claro, después del 8-N, es que ya no tiene más margen para esperar hasta octubre de 2013 y comprobar si la caída de la economía general lo puede colocar en mejor posición.
Lo cierto es que el macrismo se encuentra ahora ante la urgencia de conseguir un financiamiento de 800 millones de pesos y el paquete de medidas en estudio incluye un nuevo impuesto que encarecería los combustibles que se carguen en la Capital entre 20 y 40 centavos por litro, el aumento de los peajes en las autopistas porteñas administradas por AUSA, y también de las patentes. Además, se habla de una suba escalonada del boleto que se demoraría hasta el cierre de las paritarias y se “explicaría” por la suba de salarios. Como se advierte, no se equivocaba Macri al señalar que su demorada decisión le traería “costos políticos” ante una opinión pública que lo observa con creciente desconfianza mientras hace malabares presupuestarios en la boca del túnel.