domingo, 11 de noviembre de 2012

La vocación golpista no será televisada. Sarlo y Fontevecchia justifican el balbuceo de los caceroleros. Y Cynthia García metió el dedo en la llaga, denunciando su impostura.

Los asistentes a la marcha del pasado 8N se acercaron voluntariamente a ofrecer su testimonio ante las cámaras de la televisión pública que durante la emisión de “6,7,8” ofreció una cobertura en directo desde el Obelisco, con Cynthia García como responsable de las entrevistas. Es más: los manifestantes reclamaban ser escuchados y, más aún, temían que sus dichos fueran manipulados, “editados”. Lo que ciertamente hizo TN, que no ofreció testimonios “en vivo”, sino que seleccionó los que consideró convenientes a su propósito de exhibir una manifestación supuestamente pacífica, sin insultos ni proclamas golpistas, las que ciertamente expresaban en los carteles que exhibían. Esas personas tan opositoras, tan anti K.
El testimonio de esos manifestantes ofreció un fiel reflejo acerca del modo en que la comunicación dominante orienta conductas, instala consignas y manipula la conciencia de sus públicos. La periodista de “6,7,8” se arriesgó a la escenificación de una polémica cara a cara, escuchando los dichos de cada uno y repreguntando con una eficacia demoledora, que acabó por exhibirlos en su impostura, y también en su carácter de víctimas de la inseguridad informativa, al tiempo que puso en evidencia la incapacidad de los caceroleros de capas medias cultas a la hora de explicar las razones de su protesta.
Fue tan obvia la demostración de esta particular (y asombrosa) indigencia argumentativa que desde los medios de comunicación que construyeron la movida cacerolera se creyó necesario argumentar alguna suerte de justificación, una coartada para tanta ignorancia expresada por gentes tan convencidas de la razón que avala su indignación.
Beatriz Sarlo, desde las páginas de “La Nación”, argumentó en defensa de los manifestantes: “Los que marcharon el jueves no fueron elegidos, no se representaban sino a sí mismos y para movilizarse lo hicieron sostenidos en su propia fuerza y las de una organización virtual en las redes sociales. Entre la marcha de septiembre y noviembre aprendieron bastante en lo que concierne a las consignas (inventar consignas es parte de la política). Supieron encontrar una traducción más interesante a su malestar. Hasta la llegada del micrófono de 6,7,8 no imaginaron que iban a rendir examen. Y no tuvieron tiempo de hacer un curso acelerado que incluyera la lectura de las leyes ni el análisis de los datos económicos.
O sea, hasta que alguien no condescendiente con sus enojos, que eran distintos y no sintetizables, hasta que alguien, la cronista de “6,7,8”, Cynthia García, los interrogó acerca de las causas de su malestar, los manifestantes disfrutaban de su “aprendizaje”. Pero, cuando les preguntaron acerca de la supuesta inseguridad jurídica (“no sé, no soy abogada”, dijo una) o la devaluación (que otra denunciaba), su inconsistencia -según Sarlo- se explica porque “no tuvieron tiempo” de estudiar, entender, reflexionar. Y, entonces, si no saben, si no entienden, ¿por qué marchan tan convencidos, por qué se oponen tan cerrilmente, por qué son tan terminantes en sus acusaciones al Gobierno?
También Jorge Fontevecchia salió, desde las páginas de “Perfil”, en defensa de los manifestantes “hablados” por los medios dominantes, aunque en clave psicológica: “¿Y usted por qué está acá?”, preguntaba sin cesar la periodista Cynthia García, del programa 6, 7, 8, a cada uno de los manifestantes del 8N que alcanzaba con su micrófono. Un intento de explicación racional por parte de la TV Pública tan loable como infructuoso, porque no hay palabras que resuman los sentimientos.” O sea, según Fontevecchia, la manifestación fue la expresión de una “masa” que salió a la calle sin comprender el sentido de sus actos, disculpada de antemano por “inocente”, en tanto sólo expresaba sus “emociones”. ¡Animalitos de Dios!, se infiere, y no ciudadanos.
En suma, tanto Sarlo como Fontevecchia ejercen una suerte de paternalismo despectivo ante los caceroleros, justificándolos en su pobreza argumentativa como si fueran criaturas incompletas en su formación cívica, pero aptas sí para expresarse en las calles contra un Gobierno sustentado por una elocuente legitimidad democrática.
Quien explicó bien este conflicto interpretativo fue Jorge Alemán, en “Página/12”: El pueblo transforma a la historia, la masa hace que vuelva lo de siempre. Nunca se sabe de entrada cuándo actúa el pueblo y cuándo actúa la masa, sólo a posteriori, en sus efectos y consecuencias podemos concluir cuál fue el sujeto en cuestión. De esta forma, cuando se ganó aquel día por el 54 por ciento, y cuando designamos con razón nuestra experiencia como popular, siempre recuerdo que se trata de una causa que no es susceptible de contabilidad alguna y que tendría mi apoyo aunque tuviera el uno por ciento de los números.” Así de simple, y complejo.