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viernes, 5 de octubre de 2012

Apareció con vida Alfonso Severo. Pero el “plan caos” contra Cristina sigue en curso

Después de haber temido lo peor, resulta una muy buena noticia la “aparición con vida” de Alfonso Severo, testigo en el juicio por el crimen de Mariano Ferreyra. Apareció golpeado, esposado con precintos, y en un estado de fuerte de conmoción. Estuvo secuestrado un día entero, con el evidente propósito de impedir que se presentara a declarar el día de ayer en tribunales, y de asustarlo. ¿Hace falta decir que no se trató de un delito común sino de una maniobra política?
Los secuestradores, además de impedirle declarar, provocaron un efecto más amplio: meternos miedo. No en vano, la desaparición hasta el presente, sin explicación, de Jorge Julio López, testigo en una causa donde se investigaban crímenes de lesa humanidad, apareció como referencia ineludible. ¿Otra vez?, nos preguntamos. Por suerte, esta vez, NO.
El ministro de Justicia, Julio Alak explicó que el programa de protección a testigos sólo se aplica cuando la justicia lo decide o el propio interesado lo reclama. Pero, habida cuenta de los bueyes con los que aramos, y que la casa de este testigo había sido baleada con armas de calibre 40, ¿no debiera instrumentarse una estrategia de protección más amplia y flexible, de custodia o cercanía, con aquellos valientes que se atreven a declarar contra los represores?
Este secuestro de un testigo adverso a las mafias ocurre en el mismo momento en que dos fuerzas de seguridad interior (Prefectura y Gendarmería) sostienen  un desafío dirigido hacia el gobierno constitucional. La ruptura de la “cadena de mandos”, la sublevación argumentada en principio como respuesta ante una mala aplicación de un reordenamiento salarial, error reparado por el Gobierno nacional, se prolonga hasta el día de hoy, sin solución a la vista.
Establecer una conexión entre ambos sucesos (un secuestro, una rebelión) puede ser producto de una lectura paranoica. O puede resultar del reconocimiento de un clima político y de una acción concertada de la oposición, de algún plan que intenta socavar la legitimidad del gobierno constitucional. Más fácil: el intento de instalar en la sociedad la convicción de que enfrentamos el caos, de que Cristina carece de “autoridad“ para garantizar el orden.
Tal como lo explicó Edgardo Mocca, ayer, en “6,7,8”: “Hay una estrategia clara de la derecha, articulada por los medios de comunicación, que pasa por la “calle”. El problema es calentar la calle, dar todos los días la sensación de que hay un estado de desasosiego, de incertidumbre, y sobre todo, de falta de autoridad. Uno, a esta altura, aprendió a leer los dos principales diarios -Clarín y La Nación- buscando las pistas por dónde pasa el eje conceptual de lo que quieren meter en la opinión pública. Y lo que quieren meter es que la Presidenta no tiene autoridad, y que comente errores. Es el “plan caos“, que estaba pensado con las maniobras respecto del dólar, frenado por el cepo cambiario, un plan orientado a forzar una devaluación y producir un caos económico estratégico. Hoy, es la calle. Y la expectativa de la violencia. Hoy no encontramos a un testigo del caso Mariano Ferreyra. Todos sabemos qué significa la violencia, la sangre, cómo se ha usado en el siglo XX argentino este tipo de situaciones para desestabilizar.”
Por suerte, el testigo Alfonso Severo sigue con vida. Por suerte, y no por efecto de la acción virtuosa de las fuerzas de seguridad. Los captores decidieron no escalar más aún su acción represiva. Y punto. Pero lo cierto es que “el plan caos” sigue en curso.

martes, 17 de agosto de 2010

Todos quedan advertidos: ¡será Macri o el caos!

En el semanario Noticias Urbanas, publicación especializada en la política porteña, bajo el título "2011: El tercio que decide el futuro", leemos un artículo de Fernando Riva Zuchelli dedicado a especular sobre los posibles efectos que una derrota electoral del macrismo en la Ciudad descargaría sobre los porteños.
Se afirma allí que el oficialismo PRO cuenta hoy con el firme apoyo de un tercio del electorado al que "no le molesta" ninguno de los rasgos represivos ni aún delictivos de la gestión Macri. Así lo explica Riva Zuchelli: "Existe un tercio electoral que le gustaría triplicar el voltaje de las pistolas Taser (en realidad no las entiende bien y prefiere las 9 mm), que no pretende ley o reglamentación alguna para liberar Florida de manteros sino una buena fila de gruesos bastones en azules o metropolitanas manos y apoyados por carros hidrantes para tener la zona liberada. También ellos estarían de acuerdo en aumentar la cantidad y calidad de escuchas ilegales a todos aquellos a los que nunca -"por negligencia"- se le hizo sentir el rigor de la inteligenzzia (sic), y desde ese lugar ven en Macri a su referente natural."
La hipótesis del autor es que a ese tercio (a esa derecha pura y dura, mejor dicho) no le importa el procesamiento del jefe de Gobierno ni la ya inocultable crisis en la gestión. En consecuencia, deduce, "Macri y sus aliados debieran tener buenas posibilidades de conquistar un segundo mandato, sobre todo -o exclusivamente- por la falta de alternativas." Pero, ¿qué sucedería si "se descompusiera ese tercio ordenador (¡sic!) que hoy lidera Macri y su PRO"? La respuesta de Riva Zucchelli mete miedo: "la Ciudad de Buenos Aires caería en un grave vacío representativo desde lo político y por ende, con toda seguridad en una confusión también importante del voto de las mayorías." ¡Epa! Y sigue, pintando los efectos de una derrota electoral del PRO y el caos consiguiente: "Empezaría todo a girar como una calesita descangayada, con los sobrevivientes y los nuevos, con los ganadores de la pírrica batalla, con los oportunistas que están siempre listos y la sociedad toda obligada a elegir entre Dios sabe qué candidatos."
Convengamos que esta descarada línea de promoción de un nuevo mandato en el Ejecutivo porteño de la tropa PRO resulta un tanto ofensiva para los 2/3 de los votantes porteños que no se reconocen en la descarnada descripción ofrecida de los deseos y expectativas del núcleo duro del voto macrista, sobre los cuales –vale señalar- el autor no emite juicio alguno. ¿Por qué la mayoría de porteños que en las últimas elecciones no votaron al PRO debería consentir que se siga gobernando la Ciudad en sintonía con esos "valores" reaccionarios? Y, más aún, ¿por qué la posible victoria de la oposición debería ser interpretada como producto de una "confusión" del voto de las mayorías? Curiosa idea de la meneada "alternancia democrática", tan reclamada como conveniente cuando de desplazar al kirchnerismo del Gobierno se trata , ¿no?