| Foto: Ceci Estalles (censurada en Facebook). |
Protestan por el freno a su voracidad en tanto “ganadores” del modelo capitalista argentino. No viven la carencia, pero ahora tienen problemas a la hora de convertir sus ahorros en dólares. Y sufren cuando deben explicar su plan de gastos en el exterior. Sucede que son “indignados” a los que les va entre bien y muy bien y “levantarla con pala” a la hora de medir el reparto de la torta económica, y están peleando por más en la cancha del decil más alto. Pero “la Diktadura” interfiere su deseada plenitud del goce. Les pone límites. Y encima “gasta” en los pobres con la Asignación Universal por Hijo. Y así promueve la “procreación irresponsable” a la que se dedican las “gentes sin recursos”, dicen.
“Nadie nos escucha”, dicen. Y en realidad sí, son escuchados, editorializados, comunicados en sus demandas llegando hasta el exceso. Ahí cumple su papel el sistema de medios dominantes. Sólo que tanta sobre-representación mediática (“en los diarios que leo siempre hablan de mí“) no se corresponde con su representación política en el Congreso, con su menguada capacidad de incidir en la marcha de las cosas.
La dirigencia política opositora fracasa, no logra (ni siquiera cuando se aglutina en el Grupo A) conseguir resultados que satisfagan esa expectativa de las clases acomodadas de fijar un límite eficaz a la experiencia populista. “Hacen lo que quieren”, dicen, resentidos. Y cacerolean, en la calle o tímidamente desde los balcones, o tocando bocinas mientras dan vueltas a la manzana.
Sería valioso para el sistema democrático verlo a Mauricio Macri participando abiertamente de la convocatoria a las marchas caceroleras hacia Plaza de Mayo y tomando la palabra para otorgarle un sentido claro a la movilización. Es “su gente” la que protesta, la misma que él (Macri) convoca a manifestarse desde sus locales, las estructuras estatales que gobierna, sus referentes (Pinedo, Bergman, Bullrich) participantes de la marcha y los medios que lo acompañan. Es muy pobre y cobarde de su parte decir, como todo intento de evaluación, que la movilización fogoneada por “Clarín” fue “impresionante”. ¿Y qué más? ¿Macri comparte las consignas de los caceroleros, sus cantos, sus carteles, tan insultantes y antidemocráticos? “Que Cristina se vaya con Néstor”, por ejemplo.
Y aquí mete su cuchara Beatriz Sarlo al adoptar una mirada tan protectora como despectiva: “Es injusto hacer responsables a los manifestantes de lo que les falta y les sobra a sus consignas. Su movilización indica que hay allí fuerzas dispuestas a jugar en el espacio público. La responsabilidad cae del lado de intelectuales y políticos que no articulamos una interpelación progresista, democrática y autónoma. No supimos escribir las cosas mejor que en Facebook.”
Según Sarlo, se trató, al fin, de una manifestación de personas que no pueden hacerse cargo de sus actos, ni de sus gestos (manitos haciendo “fuck you”) ni de sus dichos (“que se vaya la yegua Cristina”), porque son “inocentes”. Simples “cabezas huecas”, manipuladas por algún “gran hermano” al que Sarlo no identifica. La esperanza sería para estas gentes de derecha la “interpelación progresista”, que reemplazaría “el lenguaje del odio contra los planes sociales y la asignación universal (“planes descansar” y “asignación para coger”, entre otras frases)”, que ella cita, por otras más “educadas” o políticamente correctas. ¿Será “Clarín”, será “La Nación”, será la orfandad de representación de los caceroleros de cara al 2015? ¿Cuáles son las fuentes que animan el odio social? Sarlo no lo dice.
En toda movilización organizada (y ésta lo fue) hay una dirigencia que convoca (que en este caso no da la cara) y decide el formato de la protesta. Hay participantes activos, convencidos, que promueven las consignas: “El que no salta, es negro o K”, por caso. Y otros que acompañan porque comparten el núcleo de significación de la marcha, su trazo grueso “anti K”, en el que se inscriben sus demandas individuales, aunque tal vez no compartan el objetivo político más ambicioso de los organizadores: forzar un abrupto cambio de rumbo favorable a los grupos económicos y políticos enfrentados con el Gobierno que impulsan una escalada destituyente. El desafío de la comunicación política K es operar ese deslinde, aislando a los promotores del odio golpista de los (supuestamente) “confundidos”.